Gorrión, De La Mano Hacia La Esencia

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Gorrión das vida. Video: Lina Marin Templo Budista, Ueno park, Tokyo #iphonex

Oh! criatura miniatura de gran alcance. La ligereza de su cuerpo nos recuerda la liberación del peso que nos esclaviza en la tierra. Oh! gorrión de aleteo feliz, trinos que sanan, plumas que protegen. Eres insignificante para los necios. Eres un maestro para las almas despiertas. Tú, encantador gorrión, le das vida a la vida!

Llegue al Templo Budista Bentendo, Shinobazunoike. Etaban iniciando la ceremonia de compasión. Así como en los Sutrās de la tierra pura, la atención plena del Buda, así es la práctica esencial de métodos para meditar. Este templo situado en medio de un lago donde ellos mismos, los monjes budistas, liberaron cientos de aves, tortugas y peces, como símbolo de su creencia, resaltando uno de los fundamentos principales de su filosofía, la Veneración a los espíritus de la naturaleza. Los monjes iban y venían, unos llevaban inciencio, otros fuego, otros flores, agua, instrumentos y campanas… al fondo, en el altar, todo estaba listo para dar comienzo al ritual. De repente, mi corazon se exaltó con los fuertes ritmos del ran … rataplán. Un monje vestido de túnicas café, dorado y beige tocada con la fortaleza de un gigante el beopgo “el tambor para transmitir la ley budista o dharma”

Mi cuerpo quedó en quietud, no me atrevía a dar ni un paso. Así que me dejé llevar por lo que había ido, a sentir esa cultura milenaria en mis venas, en mi alma. Al paso de los intensos sonidos del tambor, una gran energía se iba apoderando de mi ser, haciéndome entrar en absoluta calma. Sentía como si ese concierto tamborilero estuviera diseñado únicamente para mi ser. Las ondas del sonido me arrebujaban fuertemente, a la vez que me infundían serenidad. Pasados diez minutos las notas del beopgo empezaron a bajar su intensidad para darle paso al nenbutso, los cánticos del Sutra de la compasión. Entré en un dulce trance que me transportaba a la belleza. A la Alegría. A la pureza. Al respeto. Al amor, a la compasión por mi, por todo lo que me rodeaba en ese instante, un instante que es eterno, sublime. A lo largo del armonioso cántico y el tamboreo, llegaba una mezcla de trinos de aves, que como olas del mar, se iban integrando al unísono del mantra, en una sola melodía con el latido de mi corazón. No comprendí lo que me había pasado en esos 30 minutos de mi existencia.

Salí del templo como acelerada. Con la necesidad de despertar y seguir con mi trayectoria de tomar fotos. Como soy un poquito despistada, me había prometido a mi y a mi esposo no perder la cabeza mientras estuviera caminando sola por las calles de Tokyo. La verdad estaba haciendo mi tarea exageradamente bien. Hasta que le di la vuelta al templo con mi equipo fotográfico, monopod y cámara listas. De pronto, un anciano me llamo la atención, en un japonés y unas señas muy firmes, cruzó sus brazos en x en señal de no. Me reprendió. Comprendí el mensaje. Por un segundo me estaba sintiendo incómoda con mi torpe decisión de tomar fotos al percatarme que estaba en medio de un santuario de aves, mascotas, monjes, plantas, lago y un Sol resplandeciente. Inmediatamente comprendí la esencia de la meditación. Me acerqué al anciano, junté mis manos en pose de namaste-mudra, le hice la reverencia tres veces en símbolo de respeto.

Empecé a caminar como si no existiera. Tan lento como mi alma me lo sugería. Me sumergí en el ambiente. Sentí que todo había dejado de gravitar. El piso estaba cubierto de pichones, palomas, gorriones, gaviotas, patos y loritos. Sigilosamente seguí caminado para no estropearlos. Llegué a la baranda que separa el lago del santuario construido de árboles de cerezos. En la mesa cuatro ancianos, incluido el que me reprendió, haciendo la selección del alimento para las aves, además de conversar entre ellos y de cuidar su mascota, un perrito con la edad de Matusalén, como si un monje budista lo hubiera poseido, era la otra atracción del santuario. Ellos son monjes urbanos al servicio del templo.

Èl sostenía una rama larga, con ella orquestaba a las aves. Ellas le obedecían a cada movimiento que èl suavemente iba emitiendo. Observé como los gorriones se posaban en su mano para comer. Quedè absorta en medio de la Sincronía de la naturaleza, en medio de la sublime belleza. Al cabo de diez minutos, sin yo modular, el monje se me acercó, me agarró mi brazo con firmeza, a propósito era mi brazo que recién me había quebrado, me puso una bola de semilla en mi mano y me levanto el brazo. Acto seguido los gorriones se me posaban para comer de mi mano. El monje se alejó y me hacía señas que alzara más alto mi brazo, le tuve que explicar que no podía alzarlo más alto porque tenia mi brazo quebrado.

Me quedé cual árbol plantada, observando los gorriones en mi mano, sintiendo semejante delicadeza. Entre sentir sus alas, sus garritas, el fuerte aleteo, sus argumentos, sus agudos trinos, se me salieron las lagrimas de la emoción. Ni en un millón de años me hubiera imaginado este acercamiento con la naturaleza. Quede absolutamente agradecida por la grandeza de este regalo, que para mi fue la mejor experiencia que me traje de Tokyo.

Sparrow, Hand in Hand Towards the Essence.

Oh! miniature creature of great scope. The lightness of your body reminds us of the release of the weight that enslaves us on earth. Oh! sparrow of happy flapping, trills that heal, feathers that protect. You are insignificant to fools, You are a master for the awake souls. You lovely sparrow gives life to life.

I Arrived at the Bentendo Buddhist Temple, Shinobazunoike. They were beginning the compassion ceremony. Just as in the Pure Land Sutras, mindfulness of the Buddha, so is the essential practice of methods of meditation. This temple located in the middle of a lake where the Buddhist monks themselves released hundreds of birds, turtles, and as a symbol of their belief, highlighting one of the main foundations of their philosophy, the Veneration to the spirits of nature. The monks back and forth, some carried incense, others fire, other flowers, water, instruments and bells … in the background, on the altar, everything was ready to start the ritual. Suddenly, my heart was exalted by the strong rhythms of the dhaa dhin dhin dhaa! A monk dressed in brown, gold and beige robes was playing the beopgo with the strength of a giant “the drum to transmit the Buddhist law or dharma”

My body got still, I didn’t dare take a step. So I let myself be carried away by what I was there, feel that ancient culture in my veins, in my soul. As the intense sounds of the drum passed, A great energy was taking over my being, making me enter into absolute calm. I felt as if that drumming concert was specifically designed for me. The sound waves wrapped around me tightly, at the same time infusing me with serenity. After ten minutes the notes of the beopgo began to decrease their intensity to give way to the nenbutso, the chants of the Compassion Sutra. I entered a sweet trance that transported me to beauty. To Joy. To purity. To respect. To love, to compassion for myself, for everything that surrounded me in that instant, an instant that is eternal, and sublime. Along the harmonious chanting and drum, came a mixture of bird trills, which like the waves of the sea, were integrating in unison with the mantra, in a single melody with the beat of my heart. I did not understand what had happened to me in those 30 minutes of my existence.

I left the temple as in rush. With the need to wake up and continue on my journey of taking photos. As I’m a little clueless, I had promised myself and my husband not to lose my mind while walking the streets of Tokyo by myself. The truth I was doing my homework too well. Until I went around the temple with my photographic equipment, monopod and camera ready. Suddenly, an old man caught my attention, in a Japanese and very firm signs, crossing his arms in x as a sign of no, he’ve reprended me. I understood the message, for a second I was feeling awkward with my clumsy decision to take photos when I realized that I was in the middle of a sanctuary of birds, pets, monks, plants, lake and a shining sun. Immediately I understood the essence of meditation. I approached the old man, put my hands together, I bowed him three times as a symbol of respect.

I started walking as if I didn’t exist. As slow as my soul suggested. I immersed myself in the environment. I felt that everything had stopped gravitating. The floor was covered with nestlings, pigeons, sparrows, seagulls, ducks, and parrots. I quietly kept walking so as not to spoil them. I reached the railing that separates the lake from the sanctuary built of cherry trees. At the table, four elders, including the one who rebuked me, making the selection of food for the birds, also talking with each other and taking care of their pet, a puppy with the age of Methuselah, the other attraction of the sanctuary. They are urban monks serving the temple.

The monks came and forth with seeds for the birds. He held a long branch, with it he orchestrated the birds. They obeyed each movement that he gently emitted. I watched the sparrows perch on his hands to eat. I was absorbed in the midst of the Synchronicity of nature, in the midst of the sublime beauty. After ten minutes, without me modulating, the monk approached me, grabbed my arm firmly, by the way it was my broken arm, he put a ball of seed in my hand and I raised my arm as high as I could. Immediately afterwards the sparrows perched to eat from my hand. The monk walked away and motioned for me to raise my arm higher, I had to explain that I could not raise it higher because my arm was broken.

I stood like a planted tree, observing and feeling their magnificent beauty. Between feeling its wings, its little claws, the strong flutter, its arguments, its sharp trills, my tears of emotion welled up. Not in a million years could I have imagined this encounter with nature. I am absolutely grateful for the greatness of this gift, which for me was the best experience I brought from Tokyo.

Lina Marin

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