La Santidad Objetiva y La Santidad Civil

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Infancia
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La Santidad Objetiva

¿Tiene que ver la santidad con las prohibiciones sexuales? ¿El hecho de que una mujer envejezca con su himen intacto o de que un hombre prefiera la abstinencia al coito, es prueba de virtud? ¿Es santidad convertirse en mártir, entregarse a la autoflagelación, vivir como un masoquista? ¿Es santidad hacer el bien por miedo al infierno o para intentar obtener un premio en el cielo? ¡Nada de eso!

Nos han acostumbrado a que llamemos «santo» sólo a quien viva en el seno de una religión. Pero existen enormes diferencias dependiendo de que los santos sean católicos, sufíes, judíos, budistas o taoístas. Cada vez que se habla de «santidad», ésta se ve ligada a una institución o a una tradición que impone una moral determinada. Los mahometanos y los mormones se pueden casar con varias mujeres a la vez, cosa que un santo cristiano o judío no puede aceptar. Nadie se escandaliza por que un rabino se case y tenga hijos, sin embargo un monje católico ha de ser obligatoriamente casto. En resumen, la santidad es diferente según la tradición que la inspire. Si favorecemos una en desmedro de las otras, podríamos consideramos intolerantes, racistas. El santo que permanece obtusamente encerrado en una religión, considerando «hereje» a quien profesa otra creencia, solamente es un «fanático».

¿Existe una santidad civil, libre, fuera de templos, libros sagrados, mandamientos caprichosos, prejuicios morales, prohibiciones y obligaciones doctrinarias? Para responder, antes tenemos que preguntamos si producir milagros es una característica de la santidad. Según las leyendas, el Demonio es un maestro en el arte de romper las leyes universales y, tanto como Dios, puede seducirnos haciendo milagros. Un individuo diabólico es capaz de hipnotizamos, embrujarnos, provocar catástrofes en nuestras vidas… ¡La característica esencial del santo no es hacer milagros!

La Santidad Civil

El santo civil, sabiéndose conectado a la fuente sagrada, respeta las ideas positivas que recibe y las transmite naturalmente, sin hacer esfuerzos por convencer. Las siembra, sin despreciar a nadie, esperando que fructifiquen. Si no es así, no se lamenta porque sabe que no es único, que algún otro santo civil vendrá un día a hacer el bien donde él no ha podido hacerlo. Acepta sus sentimientos sublimes porque ha dejado de temer la locura. Aunque se burlen de él, o le tachen de absurdo, no se prohíbe amar a todos los seres que vivieron en el pasado. No los ve como ejércitos de pasivos difuntos, sino como energías vivas que nos aportan su esperanza -tal como el viento hincha las velas de un navío- y nos empujan hacia el futuro, ese en que nos convertimos en la Consciencia del universo. Tampoco se impide amar a los que vendrán. Haciéndose ancestro de millares y millares de vidas, sabe que el mal que se haga se mantendrá durante cinco o más generaciones y que los actos positivos repercutirán en miles de años.

El santo civils ama a los otros porque los ve como de su familia -incluidos animales, vegetales, minerales. Bendice cada ser o cosa que entra en su campo de percepción, no porque crea que otorga milagrosamente la salud sino porque desea con todo su ser dársela a todos: en su interior, ha dejado de ser una fortaleza defensiva para convertirse en un templo abierto. Respeta cada palabra, cada sentimiento, cada deseo, cada necesidad. Aunque los vea desviados, al mismo tiempo conoce su esencia sagrada. Sabe que siempre la raíz del odio es el amor. Establece muy claramente la diferencia entre la crueldad del mundo aparente -aquel que la historia cree real- y el mundo tal como es en su esencial potencialidad. A través de la agresión, de la injusticia, de la necedad bélica, busca y encuentra la belleza divina, así como se puede encontrar una perla dentro de una ostra. Nunca se deja absorber por los acontecimientos negativos, a pesar de padecerlos. No es un iluso, se da cuenta más que nadie de la codicia general, de la insania, de la decadencia, pero no las convierte en definición de la realidad. El recipiente de oro que contiene basuras no es basura.

Alejandro Jodorowsky

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