La Tierra Entera Es Una Medicina

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Pajaros angelivoros
ilustración: pascALEjandro

Extraido de El Maestro las Magas

8. Como nieve en un vaso de plata

«Bueno, y a todo esto, ¿tú por qué hablas tanto, hijo de pera? ¡Te he dicho que te callaras! ¡Voy a hartarme y a clavarte una bala en las pelotas!»
Madison Colt. Silver Kane

Ana Perla, encabezando a los discípulos, recibió al maestro en el aeropuerto. Venía acompañado de una gentil monja de nombre Michiko y de una niña de 10 años, Tomiko, huérfana adoptada. Ejo, irascible por la falta de sueño tras un viaje de tantas horas, con una rápida reverencia impidió los discursos y pidió que lo llevasen al zendó para dormir. Así se hizo, pero Ana Perla decidió que, mientras la familia reposaba, los discípulos esperasen el despertar del maestro meditando el tiempo que fuera necesario. Así lo hicieron durante dos horas. En seguida, imitando al gato que dormía ronroneando entre las rodillas de la rapada jefa, cayeron dormidos. Al amanecer los despertó un atronador «¡kuatsu!». El maestro señalaba con dedo acusador hacia el felino: le habían rasurado el pelo del cráneo como a un monje, vestido con una pequeña sotana color café y recortado las orejas y la cola. Ejo Takata, en medio del zendó decorado con un estilo hippy-azteca, se quedó inmóvil conteniendo a duras penas el torrente de su furia. A la decepción de ver su enseñanza desviada de tal manera, venía a sumarse la decepción que acababa de padecer con Fernando Molina…

Hacía dos años que meditaba con Ejo cuando una noche alguien aporreó la puerta de mi casa. Me inquieté. A pesar de vivir en el centro de la ciudad, mi pequeña vivienda -planta baja, primer piso y terraza- se encontraba aislada, sin vecinos. En frente se extendía un solar vacío, campo de batalla entre grandes ratones y gatos tiñosos, y al lado se erguía con dificultad una hilera de cinco casitas en ruinas, pegadas las unas a las otras y sostenidas por vigas resecas. Habitaban entre esas paredes tantas arañas y escorpiones que ni siquiera los mendigos más alcoholizados osaban pernoctar ahí. Venciendo mi inquietud, quité la cadena de seguridad y abrí la puerta. Me encontré con un muchacho delgado, de ojos pequeños pero brillantes como brasas y dientes tan grandes que le daban un aire caballuno. En las manos tenía un ramo de girasoles. Era Fernando Molina, un cómico de esos que en los teatros de revistas, entre desnudo y desnudo, sale a recitar una sarta de chistes picantes. Lo dejé entrar. Después de entregarme los girasoles, esgrimió un puño delante de mis narices y me dijo, con una falta de respeto que sólo los locos se permiten:
-¡Si me lo dices, te rompo la cara y si no me lo dices, te rompo la cara! ¿Qué?
Con velocidad supersónica una multitud de pensamientos invadieron mi espíritu. «Este bárbaro
delira. Se ha enterado de que los koans existen y de manera vulgar me quiere poner a prueba. Si le doy la respuesta correcta que estudié con Ejo, no la comprenderá y me romperá la nariz.» Decidí aplicar lo que había aprendido con el maestro. Vencí el miedo, descontraje mis músculos y, vaciando de palabras mi mente, lo miré a los ojos, sin dar ni pedir nada, existiendo tan simplemente como una piedra o un pájaro.

Molina, con un desprecio implacable, echó hacia atrás el puño para darle más fuerza a su golpe. Yo, sin bajar los párpados, con cristiana mansedumbre me preparé a recibir el golpe. Entonces ocurrió lo impensable, uno de esos azares extraordinarios que suceden con increíble precisión justo cuando se los necesita: toda la hilera de casas descalabradas se derrumbó. Aquello sonó como el estallido de una bomba, y la nube de polvo que entró por la ventana nos sumergió dentro de ella. Aproveché el desconcierto de Fernando para desprenderme de sus garras y gritarle:
-¡Ahí tienes tu «¿Qué?»!
En la calle, ratones y gatos huían despavoridos. El cómico, agitando su dentadura equina, lanzó una carcajada, bailoteó cinco segundos y por último se arrodilló frente a mí.
-Mañana iba a tomar un avión para ir a Perú, donde dicen que hay un maestro. Pero esta noche me acosté temprano y soñé contigo. Como un sabio milenario, estabas sentado meditando, me prosterné ante ti, te entregué un ramo de girasoles y te dije: «Sálvame, dame la enseñanza que me falta, haz que me ilumine». Entonces tú me contestaste: «Despiértate y ven a verme de inmediato». Así lo hice: por el camino, en la plaza Río de Janeiro, encontré un círculo de girasoles plantados alrededor de la copia del David de Miguel Ángel. Robé once y te los traje, ¿comprendes? Once girasoles más yo igual a doce discípulos que se inclinan ante el sol central. ¡Tú, aquel que es capaz de derrumbar una calle entera!

-Fernando, las casas estaban en ruina, cayeron por azar. Tu sueño es correcto, tenías que venir a verme pero no para que yo sea tu maestro, sino para que te presente a aquel que hará innecesario ese viaje a Perú. Es Ejo Takata, un auténtico monje zen. Él te dará la enseñanza que deseas. Son ya las dos de la madrugada. En tres horas más Ejo comienza a meditar. Bebamos un café y luego te llevaré al zendó. El cómico, con tristeza, me señaló sus dientes.

-Tuve un accidente de moto y me los rompí todos. Me colocaron estos falsos. Ningún maestro me tomará en serio con esta cara de caballo…
-No temas -le dije-, Ejo verá tu ser esencial…
En cuanto llegamos frente a él, Takata tomó cariñosamente el mentón del cómico, le miró los
dientes, dio un hondo suspiro y le dijo:
-Un día tendrás hermosos ojos.

Molina, desde ese momento, apretó los labios decidido a permanecer mudo hasta el fin de su vida y se instaló en el zendó, durmiendo en la tarima donde se meditaba. Barrió, fregó los suelos, pintó las paredes con cal, coció el arroz, ayudó a Michiko a eliminar los pulgones de las plantas, acompañó a Tomiko al colegio, vació la arena del gato, se paseó entre los meditantes enarbolando el kyosaku para apalear los omóplatos del discípulo cuya columna vertebral se doblara por el peso de la fatiga, fue al mercado a recoger las frutas y legumbres desechadas… Satisfecho de tal entrega, Ejo se llenó de esperanzas vislumbrando un futuro donde las antiguas culturas japonesa y mexicana se unían en un religioso abrazo. Cuando le rapó la cabeza y le dio un traje de monje, Ejo escribió este poema:
El que tenga sólo brazos ayudará con sus brazos y el que tenga sólo piernas ayudará con sus piernas a esta magna obra espiritual donde muchos seres perderán su cabellera.

Al cabo de poco tiempo, Ejo decidió enviar a su primer monje mexicano al monasterio donde él había sido formado. Molina, mostrando sus dientes después de más de un año de mantenerlos ocultos, lanzó un caballuno grito de felicidad. Todos los discípulos colaboramos con dinero para completar el precio del billete, que en su mayor parte fue costeado por la embajada de Japón. Un mes más tarde le llegó al maestro una carta de Mumon Yamada felicitándolo por haber formado un monje ejemplar, con más resistencia para la meditación y las agobiadoras tareas cotidianas que sus discípulos japoneses. Pero el júbilo de Ejo, cuando regresó a Japón en busca de su compañera, recibió un gigantesco jarro de agua fría.

Justo el día en que visitaba a su viejo maestro, los monjes encargados de revisar la correspondencia que los internos recibían de sus familiares, descubrieron que a Molina le enviaban desde México, en envases para chocolates, varios tipos de droga, entre ellas pasta de opio, heroína y LSD. Descubrieron además que parte del paquete se destinaba a la venta entre los novicios. Expulsaron inmediatamente a este primer monje mexicano, y se le prohibió la entrada en cualquier templo o monasterio zen de Japón.
A juzgar por la tremenda rabia con que irrumpió en el zendó esa mañana, la vergüenza y la decepción de Takata debieron de ser enormes. Molina, que había tomado el avión un par de días antes que él, como si nada, vestido aún de monje, roncaba junto a Ana Perla. Al aroma de los inciensos, sándalo, pachulí y mirra, se agregaba uno intenso de marihuana.

Ejo Takata salió de su inmovilidad y a bastonazos destrozó floreros, esculturas precolombinas, figuras de shiva-shaktis, y de dorados budas. Arrancó de las paredes los pósters con símbolos cabalísticos y astrológicos, desvistió al gato y lanzó su pequeño traje de monje por la ventana, además de los cojines para meditar, que, siendo negros, habían sido cubiertos por fundas blancas con bordados huicholes, y por fin a puñetazos y patadas expulsó del zendó a Ana Perla y a los otros, que aterrados huyeron sin protestar. Excepto Fernando Molina, que se dejó caer sentado, tomó entre las manos sus rodillas y en ellas hundió la cabeza. Así, hecho una bola, Ejo lo hizo rodar hasta el centro de la calle. Y no se movió. Los automóviles hacían eses para evitarlo. Se quedó así casi todo el día, sin lograr despertar la piedad del monje, hasta que llegó una ambulancia. Enrollado como estaba, lo pusieron en una camilla y se lo llevaron… Nunca más lo volvimos a ver, aunque luego supe que tres años después, ya con dientes de tamaño normal, durante un happening quemó el hábito de monje y sobre las cenizas copuló con su mujer ante el público. Tarde en la noche, Ana Perla, acompañada de seis acólitas, vino con un bote de pintura roja para escribir en la fachada del zendó con grandes letras: «¡Buda es mujer!».

Para el Tantra, el Despertar lo produce la unión de las energías masculina (linga/Shiva) y femenina (yoni/Shakti). Una forma de representarlo es con la figura de la deidad hindú Shiva en unión conyugal con Shakti, sentados y con los rostros enfrentados.
En ese período tenebroso cometí la imprudencia de leerle al maestro un artículo que me habían
publicado en el suplemento cultural del diario conservador El Heraldo de México:
El Pato Donald y el budismo zen ( … ) Estos últimos días mis lecturas se han centrado en el libro Mumonkan y en una selección del Pato Donald. La historieta del «Pato Bombero» corresponde exactamente al mensaje de los koans 42 y 44.

El Jefe de Bomberos invita al Pato Donald a formar parte del cuerpo de voluntarios. Se lo cuenta a sus sobrinitos. Éstos también quieren participar, pero su tío, considerándolos unos bobos, los obliga a quedarse en casa. Le dan un equipo con la condición de que al escuchar la alarma salga de inmediato hacia el incendio. Si llega puntualmente recibirá una medalla de cobre: Donald, con gran orgullo, vacía un cofre diciendo que le servirá para guardar las medallas que va a ganar. Esa noche suena la alarma pero el Pato no se despierta.
Obra de Mumon Ekai. En chino, respectivamente, Wumenguan («El pasado sin puerta», colección de 48 koans acompañados de un comentario y una loa) y Wumen Huikai (1183-1260), a quien su maestro Yuelin le dio como ejercicio el célebre koan sobre la budeidad o no en un perro (en el que la respuesta ofrecida por el maestro chino Zhaozhou Congshen, o Joshu Jushin, fue «Mu»; en chino, «Wu») y sobre el que estuvo meditando seis años. Pasado el tiempo, y después de haber tenido una experiencia iluminativa, compuso la cuarteta pentasilábica que aparece en la página 29 de esta edición.

Sus sobrinos lo sacan del sueño. El Pato se lanza hacia el incendio olvidando su casco, luego el hacha, luego los pantalones. Cuando logra equiparse ya es tarde. La casa que quería apagar es un montón de escombros y los bomberos ya se han marchado. Al día siguiente lo llama el jefe y le da un puesto menos importante. Le han quitado el hacha y en su lugar le confían un pequeño extintor. Por la noche vuelve a sonar la alarma y el pato vuelve a quedarse dormido. Lo despiertan sus sobrinos. Esta vez se viste con mucho cuidado pero en su apresuramiento, en lugar de tomar el extintor, agarra una bomba de insecticida.

Al tratar de apagar el fuego hace que éste se extienda. Al día siguiente el jefe lo rebaja aún más de categoría. Ahora apagará el fuego con un costal. Sus sobrinos para ayudarlo deciden organizar en la calle un pequeño incendio para que el tío no se sienta tan deprimido y trabaje. El Pato, mientras tanto, encuentra un paquete de cohetes y los guarda en un bolsillo por estimarlos peligrosos. «Tío, ¡hay un incendio en la calle, debes tomar tu costal y salvar la ciudad!» El Pato apaga la pequeña fogata pero se le incendia la chaqueta. Corre a su casa. Estallan los cohetes. El salón comienza a incendiarse. Los niños traen una manguera y apagan el fuego. Llega el Jefe de Bomberos y los admite en la compañía. Esa noche al sonar la alarma los niños se despiertan, y gritando «¡Hay que ir de prisa! ¡Ningún obstáculo nos detendrá!» parten hacia el incendio en un modernísimo coche equipado con todos los adelantos, mientras de pie, en la calle, con su miserable costal en la mano, el Pato Donald los ve alejarse, murmurando: «¡Tienen mucha suerte!».

( … ) Varias doctrinas esotéricas señalan esa falla que nos hace unir nuestros pequeños estados de consciencia y olvidar que entre ellos hay grandes lagunas de sueño. El zen está basado en un despertar total llamado satori [experiencia del Despertar-Iluminación repentino] . «El satori es el alfa y el omega del budismo zen. Puede ser definido como una mirada intuitiva en la naturaleza de las cosas, en contraste con la comprensión lógica o analítica. Prácticamente significa el descubrimiento de un mundo nuevo, desapercibido hasta ahora a causa de la confusión de un espíritu formado en el dualismo. Al alcanzar el satori, todo lo que nos rodea es visto bajo un ángulo de percepción hasta ahora desconocido…», Ensayos sobre el Budismo zen, D. T. Suzuki.

En el koan 44, «El bastón de Pa-Tsiao», el maestro dice en su sermón a los monjes: «Si tenéis un bastón, os doy el bastón. Si no tenéis el bastón, os lo quito». ( … ) Analicemos este koan a la luz del Pato Donald. Nuestro personaje recibe una «llamada mística» pidiéndole que apague el fuego. Al recibirla, el Pato Donald peca por orgullo. Se pavonea con los frutos que va a obtener: un puesto de gran responsabilidad del que su yo narcisista obtendrá caricias y una medalla de bronce. (Si fuera un verdadero valor, la medalla sería de oro.) Piensa además guardar estos premios en un cofre, símbolo de su ego cerrado. Los sobrinos, por el contrario, representan el pensamiento colectivo, la realización social antes que individual. Ellos son tres y a la vez uno. Dicen una frase dividiéndose las palabras. Así: «A) Suena la alarma… B) …y el tío debe de… C) …estar dormido». Estos sobrinos despreciados por el pensamiento ególatra son los que despiertan al sonar la alarma, los que se preocupan anónimamente de apagar el fuego, los que piensan en la obra y no en el fruto y, por último, los que tratan de ayudar al Otro. Ellos «tienen» y por eso se les da el mejor coche de bomberos. El Pato Donald «no tiene», por eso mismo se le va quitando.

( … ) En el koan 42 una monja cae en concentración junto a Buda.
Otros santos se quejan porque sólo ella merece el honor de estar junto al maestro. Éste les dice que la saquen de su meditación. Ninguno puede. Llama el Buda a Ignorancia, que se acerca a la mujer, hace sonar sus dedos y ella se despierta inmediatamente.
El contenido es claro: ni la ciencia ni la discusión ni la investigación pueden dar el satori. Sólo el
espíritu sin consciencia de sí mismo lo provoca. ( … ) El Pato Donald, moderno Prometeo, recibe la llamada para que apague su pequeña hoguera mental, producto de unos cuantos cohetes, y se sumerja en el gran Fuego-Inconsciente-Universo. Es evidente que la anormalidad del exceso de pensamiento dualístico hace sufrir al hombre. He aquí por qué el Pato chilla cuando se le comienza a quemar la casa. Necesita el satori, pero lo teme. Pierde la oportunidad y tristemente, aferrado a su costal intelectual, ve alejarse a las nuevas generaciones, diciendo para consolarse «¡Tienen mucha suerte!», imaginando que ellos no obtuvieron gracias a un trabajo interior constante que respondía a todas las llamadas, sino que sin trabajar les dieron.

¡Pobre Pato Donald! Todo se le irá quitando porque, aferrado a sus conceptos anquilosados, espera que le den, sin trabajar por lograrIo. ¿Y cómo lograr? El camino para el Pato Donald está trazado en el cuento: debe dedicarse a limpiar su cofre, arrojando de él todas las medallas de cobre. Mi sonrisa de satisfacción se petrificó cuando, al terminar de leerle mi ensayo, Ejo comenzó a abanicarse murmurando: «Como nieve en un vaso de plata». Por la manera en que lo dijo comprendí que, a pesar de una forma al parecer valiosa, mis palabras se disolverían sin dejar huella. Después de un silencio que me pareció interminable, con voz muy baja, cansada, Ejo agregó:
-En el momento en que abres tu boca para decir «l a verdad», te traicionas a ti mismo.
Rojo de vergüenza, comprendí que por muy exacta que fuera mi visión del zen a través del Pato Donald, por el hecho de explicar la doctrina, la volvía inútil.
Ejo me pasó el libro secreto.

-Lee el primer koan de la tercera parte. No es para los novicios sino para aquellos cuya meta es
convertirse en maestro. Al recibir este koan y otros ciento cuarenta y tres, después de los tres años de noviciado, el aspirante debe encerrarse en el monasterio y practicar al menos diez años. Solamente alguien que ha llegado a ser un maestro zen tiene el derecho y la capacidad de plantear estos koans a una nueva generación de novicios. La vanidad, el orgullo, la inconsciencia del señor Fernando Molina cuando, sin ni siquiera saber su estructura original ni tampoco su respuesta correcta, te planteó el koan, amenazando con romperte aquello que él mismo por su insensatez se había roto, los dientes, es imperdonable. Me cegó una ambición infantil cuando lo ordené monje. Quería que mis «padres» me aplaudieran por implantar la doctrina en México. Merezco cien bastonazos. Dámelos… -me dio el kyosaku, se puso de rodillas, inclinó la cabeza y el tronco, apoyó las manos en el suelo y gritó-: ¡Cien!

¿Qué podía hacer yo? Sabía que de ningún modo lo iba a convencer de abandonar su propósito. Si insistía, era probable que despertara su furia. Si me iba, dejándolo en esa posición, no sólo lo decepcionaba sino que también lo humillaba. Le di tres golpes suaves. Volvió a gritar: «¡Más fuerte!». Seguí golpeándolo y, a medida que los bastonazos se sumaban, un llanto amargo me fue subiendo del vientre a la garganta,hasta que surgió por mi boca en forma de lamento largo una serpiente de tristeza que se enroscó en nosotros dos, tristeza por mi infancia, por la suya, dos niños que no habían podido jugar, entre adultos que nos encerraron en nosotros mismos, islas sin esperanza de encontrar un par de ojos bondadosos que nos aceptaran olvidando exigimos cumplir valores, religiosos o políticos, aceptándonos simplemente como almas vírgenes… Al centésimo golpe, me arrodillé junto a Ejo e intenté abrazarlo. Me rechazó con dignidad, se levantó sin quejarse y me pasó el libro: «¡Lee!».

-«El maestro zen Kyogen dijo: “Supongamos que un hombre trepa a un árbol y se agarra de una rama con los dientes. Ahí permanece sin que sus pies toquen el suelo. Desde abajo, un monje le pregunta el significado de la venida de nuestro fundador desde el oeste. Si el hombre no responde, estará eludiendo vergonzosamente la pregunta. Pero si abre la boca y pronuncia una palabra, cae matándose en el acto. En tal circunstancia, ¿qué debe hacer?”. Cierto monje llamado Koto respondió: “Una vez que el hombre está arriba, colgando de la rama, no puede responder ninguna pregunta. Si hay algo que preguntar, debe hacerse antes de que trepe al árbol”. Oyendo esto, Kyogen lanzó una carcajada. Más tarde, el maestro Setcho comentó: “Es fácil responder colgando del árbol. Responder bajo el árbol es difícil. En vista de lo cual debo yo mismo colgarme de una rama. ¡Venid, hacedme una pregunta!”.»

Xiangian Zhixian, en japonés Kyogen Chikan, murió hacia 898 y aparece en el ejemplo 5 del Mumonkan (o Wumenguan). La historia de su iluminación es muy citada porque resulta muy instructiva.
-Ahora lee las respuestas clásicas -me pidió Ejo-. Hay una para cuando el hombre cuelga del árbol y otra para cuando está en el suelo…

-«En el árbol: el discípulo, colocándose un dedo entre los dientes, imitando una rama, agita el
cuerpo y murmura “Uh… Uh… ” como alguien que trata de responder sin poder hacerlo. Bajo el árbol: el discípulo imita que cae de la rama y que da con su trasero en el suelo. Se lo soba y exclama “¡Ay, me duele!”.»
-¡Respóndeme con la boca cerrada! -me gritó Ejo. Le di la respuesta clásica:
-«¡Se pueda hacer o no, inténtalo tú primero!» -y cubrí su boca con la palma de mi mano.
Se desprendió de ella.
-¿Te das cuenta? -me dijo-. Hables o no hables, tu cerebro se infla de palabras. ¿Puedes subir al árbol y colgarte de una rama con los dientes?

El monje Koto ve el humo pero no el fuego. Más que el esfuerzo tremendo del hombre entre la vida y la muerte para encontrarse a sí mismo, es decir, su vacuidad, le parece importante el dónde y el cómo se puede, ante una pregunta, dar una respuesta con palabras que revelen la verdad de la doctrina. Esto lo comprende el maestro Setcho porque deja muy clara la diferencia entre pensar y experimentar. Bajo el árbol, el hombre busca el significado del Buda sin comprender que ese Buda del que habla no es un ser exterior a él sino un nivel de consciencia que debe ser alcanzado más allá de los conceptos… Al colgarse del árbol, se acaba el discurso intelectual, la búsqueda de ideales, de metas, y se entra en un proceso vital, una agonía semejante a la del gusano que se retuerce para convertirse en mariposa. Al oír esto, creí comprender las dos respuestas. En el árbol: si hablo, si intelectualizo, me pierdo.
Debajo del árbol: si respondo, por convertir la verdad en palabras, la destruyó… Frases, aunque bellas, sólo nieve en un vaso de plata.
-¡Quiero colgarme del árbol, Ejo!
-¿Resistirás? El zen no es un juego ni un barniz místico para hippies adinerados… La iluminación no se compra ni se vende. Se gana, perdiéndolo todo, a veces la razón, a veces la vida.
-¡Te lo ruego, enséñame!
-Sólo te puedo enseñar a aprender de ti mismo.
Ejo Takata cambió de actitud, pareció desprenderse de un abrigo de plomo. Se irguió emanando energía, una sonrisa iluminó su rostro.
-Vamos a hacer un rohatsu… Meditaremos siete días seguidos.
-¿Qué?
-Es una técnica zen que equivale a colgarse de una rama con los dientes: tendrás derecho a un bol de arroz por día, cuarenta minutos de sueño y un cuarto de hora para defecar. El resto del tiempo permanecerás sentado, sin derecho a moverte.
-Pero estamos en la estación de las lluvias y nos invaden los mosquitos…
-Entonces, ¡dispondrán de un buen banquete! Si te decides a hacerlo, quítate los zapatos y
comienza ahora mismo. Si no te atreves, ve a quemar tu libro secreto. Los koans no son juegos poéticos.

Resolverlos es entregarse a la mutación. La mujer de tu ensayo, la que medita junto al Buda, cuando realiza la ignorancia se ignora a sí misma. Entonces descubre que ella misma es el Buda. ¿Te quieres Despertar?
¿Sí o no?
-Sí -exclamé.

Me quité los zapatos, me arrodillé, puse entre mis piernas el único cojín que quedaba, junté mis pies por detrás de mi espalda y clavé mis rodillas en la plataforma de madera como si fueran un ancla que me atara a las profundidades del planeta. Al mismo tiempo estiré mi columna vertebral y, erguido todo cuanto mis huesos eran capaces, imaginé que desde arriba me tiraban por los cabellos. Así, tenso entre la tierra y el cielo, era como un arco presto a disparar su flecha. Junté las manos planas, la derecha sobre la izquierda, y uní con una mínima presión los dos pulgares, ni muy alto ni muy bajo, «ni montaña ni valle». No cerré los ojos, los fijé en el suelo a un metro y medio de distancia, con las comisuras de la boca levantadas en una leve sonrisa. Ejo Takata hizo igual. Sin embargo, a pesar de que ambos teníamos la misma posición, comparado con él yo era un montón de gelatina al lado de un bloque de granito. Prendió una varilla de incienso color verde, con un palillo de madera golpeó un bol de metal produciendo un sonido apaciguador y sin más dio comienzo a mi tortura.

Estábamos en semipenumbra. La ventana cerrada apenas atenuaba el ruido de los coches,
camiones y bullicio callejero. Desde la cocina, en la planta baja, llegaba el delicado ajetreo de la compañera del maestro y también, con mucha discreción, el ritmo de un disco de rock japonés que la niña había traído de su país. Todos estos ruidos desaparecían cuando el zumbido de un mosquito irritaba mis tímpanos.

Emprendí la meditación valientemente, con un entusiasmo rayano en el delirio, decidido a
convertirme en estatua. Al cabo de una hora comencé a flaquear. El dolor de mis piernas aumentó minuto a minuto. Cuando ya no pude más, traté de buscar otra postura. Ejo lanzó un rugido de león que me paralizó.

Para huir del cuerpo, me refugié en mi mente. Imaginé paisajes, viajes interestelares, nubes multiformes, zzzz… Otro rugido aterrador me despertó. Ejo se levantó, me dio tres bastonazos en el omóplato derecho y otros tres en el izquierdo. Me sentí descansado y recomencé entusiasta a meditar… una hora… otra hora… otra… otra… Tenía sed, tenía hambre, tenía adolorido el cuerpo entero, tenía el vientre lleno de gases… Ejo se inclinó hacia la derecha, levantó medio trasero y lanzó la cadena de pedos más sonora que había escuchado en mi vida. Volvió a su posición de granito y siguió meditando. Con mi orgullo herido hasta lo más profundo, comencé a liberar mis gases, y justo en ese momento entró Michiko vestida con un sobrio kimono y depositó ante mis rodillas y las de Ejo, un bol lleno de arroz hirviente donde penaban unos pedacitos de zanahoria cocida, un par de palillos de madera y un vaso de té verde. Ejo exclamó: «¡Come rápido! ¡No pierdas tiempo! ¡Lo principal es meditar!».

Como él, tuve que zamparme el arroz con padecimiento de mi lengua. Para no desperdiciar un
grano (a los monjes zen les está prohibido el derroche), Ejo me dio el ejemplo: vertí un chorrillo de té en el bol, lo sacudí para que empapara todos los restos y, con un sonoro sorbo, me lo tragué. La señora se llevó el servicio, Ejo encendió otra varilla de incienso y continuamos, así, mudos e inmóviles. Inmovilidad que interrumpíamos una vez cada hora para pasearnos en círculo durante cinco minutos, desentumeciendo las piernas, que yo sentía devoradas desde el interior por un ejército de hormigas. A las doce de la noche, Ejo me dijo: «Vamos a dormir cuarenta minutos, eso es todo», y de golpe, sin abandonar su posición, así sentado, comenzó a roncar. Yo desesperado miré hacia mis zapatos, dos bocas que se abrían generosas incitándome a introducir en ellas mis pies y largarme, olvidando esta locura para siempre. Por orgullo, un orgullo monstruoso que hasta ese momento había ignorado que existía en mí, decidí quedarme ahí clavado.

Me eché al suelo, sintiéndome perro. Acostumbrado a colchones blandos, traté de acomodarme en la tarima. Me costó dormirme. De pronto un estruendo espantoso me sacó del soponcio. Ejo, golpeando una plancha de metal flexible con una vara de hierro, producía ruidos semejantes a truenos. Como me costaba erguirme, comenzó a patearme. «¡Ya pasaron cuarenta minutos! ¡Rápido, rápido, no pierdas tiempo, siéntate a meditar!» Sentí las ganas de matado.

Los dos primeros días ningún atisbo de sabiduría calmó mi espíritu, fueron horas y horas de lucha contra el cuerpo, entumecimientos, calambres, dolor de huesos, picaduras de mosquitos, hambre, somnolencia, ardor de estómago, ahogos, claustrofobia, rabia porque no era capaz de soportar impávido como el japonés esta tortura, y en los breves momentos en que de milagro el sufrimiento corporal se calmaba, un aburrimiento espeso me sumía en una insoportable angustia.

Al tercer día, con las rodillas hinchadas, los ojos irritados, la piel llena de ronchas, las vértebras
cervicales convertidas en puñales, los intestinos colmados de excremento (ir corriendo al baño con la obligación de defecar en pocos minutos me los bloqueaba) y cada nervio transformado en una anguila eléctrica, me dejé caer de espaldas y con voz plañidera, como en agonía, dije:

-Tengo un dolor agudo en el corazón. Estoy sufriendo un infarto. Llama a una ambulancia.
Con ferocidad y desprecio Ejo me espetó: -¡Revienta! Y sin dignarse ayudarme, más bloque de granito que nunca, continuó meditando… Me revolqué por el suelo, pataleé, lloré, insulté, tomé un zapato y se lo arrojé a la cara. Ejo inclinó levemente la cabeza para esquivar mi proyectil, volvió a la vertical y siguió, imperturbable, meditando. La furia me sirvió de alimento.
Poseído por una nueva energía, mandé al cuerno a mi cuerpo, lo arrodillé, le crucé los pies y las manos, le estiré la columna vertebral, le subí las comisuras de los labios en leve sonrisa, le fijé los ojos en el suelo y lo convertí en estatua. Me sentí muy lejos de ese abominable sufrimiento animal. Me pareció flotar en un cielo diáfano… Después de una hora de calma, donde me creí Buda, un aluvión de imágenes invadió mi cerebro.

Fantasmas sexuales, deseos de riqueza, de celebridad y luego un desfile de guisos, postres, bebidas, también trozos de suculenta carne humana… Imaginé todo tipo de torturas, hombres, mujeres, niños desnudos, sangrantes, mutilados, y yo volando inmune sobre aquel infierno. Pasé muchas horas tratando de disolver esa dimensión diabólica de mi ser. Cuando creí que lo había logrado, llegaron los recuerdos dolorosos: la madre que nunca me acarició; el padre infantil y competitivo que usaba el terror para educar; la hermana mayor egoísta que hacía lo posible para expulsarme del mundo familiar y ser ella el centro; los compañeros del colegio, crueles, intolerantes; los profesores neuróticos y la soledad y las humillaciones, un remolino que hizo brotar largos hilos de lágrimas y moco que, obligado a estar inmóvil, no podía disimular ni enjugar… Para liberarme de ese nefasto cementerio comencé a crear poemas que luego fueron cuentos, obras de teatro, novelas, películas o historias que venían, se abrían como flores y se disolvían en la nada.

Viajé por mi cerebro, un universo delirante que producía sin cesar imágenes de todo tipo, manchas, seres, mandalas, formas geométricas, explosiones, deslizamientos, ríos de luces, vorágines cambiando a cada instante, una locura. Cuando retorné a mí mismo, me encontré con la enfermedad, la vejez y la muerte. A pesar de las maravillas que doña Magdalena había descubierto en el organismo humano, parte de las cuales me fueron reveladas por el contacto de sus santos dedos, descubrí que aún continuaba identificado con mi espíritu, viendo mi cuerpo, para ser franco, como un féretro. Si bien un féretro precioso por las riquezas que contenía, pero de todas maneras no era mi ser, tenía su propia vida, su propio misterio, su propia unión con el cosmos. En esa maravillosa jaula, yo vegetaba condenado a envejecer y pudrirme, acechado por ejércitos de microbios, marabuntas de virus, hinchazones y cánceres. Durmiendo cuarenta minutos diarios, comiendo sólo un bol de arroz, encerrado en ese cuarto oscuro donde al aroma del incienso se mezclaba el hedor de centenares de eructos y pedos, mis defensas mentales eran un montón de ruinas.

Me vi cubierto de llagas, despedazado, despellejado, ahogado, quemado, devorado, chorreando sangre por la boca y el ano. Imaginé mil y una maneras de perecer: incendios, tifones, diluvios, terremotos, estallidos atómicos; lanzarme desde un vigésimo piso, llenarme los bolsillos de piedras y sumergirme en un lago, ingerir un cóctel de venenos, tragar un litro de clavos, perforar los huesos de mi cráneo con un torno de dentista, entregarme al abrazo asesino de un oso, ser aplastado por una vaca congelada que cae de un avión de carga, ser devorado en la cumbre de una montaña por una manada de alpinistas famélicos.

Terminé inventando tan sofisticados modos de suicidio que estallé en un carcajeo difícil de frenar. Ejo, bloque de granito, no dijo nada. Cuando cesé de reír, me cayeron el espacio y el tiempo encima. Sentí la inmensidad del micro y del macrocosmos… y me vi en medio de ellos como un grano de polvo entre dos soles. Tan pequeño, tan pequeño, tan pequeño, tan ridículamente pequeño, flotando en ese inconmensurable pasado y ese interminable futuro, el infinito y la eternidad como dos lanzas me atravesaron el pecho. Océanos de universos expandiéndose, implosionando para volverse a expandir; galaxias inmensas condenadas a disolverse en la nada, al igual que yo. ¡Terrorífico! Frente a mí y en mí, vi la muerte. Lo que yo era, lo que sentía, lo que creía tener, mi memoria, mi individualidad, al pozo negro en unos cuantos segundos.

Me obsesionaron tres palabras que había leído en las notas dejadas por Frida Kahlo: «Todo para nada». En resumidas cuentas, ningún ser poseía algo. Todo nos es prestado por menos o más años, y al fin al pozo negro… Me sentí preso en un delirio universal. Para calmarme observé mis zapatos, modestos y serviciales, con sus bocas abiertas esperando mis pies. Me sumergió una rabia impotente. «¡Qué diablos hago aquí, junto a este loco, torturándome así! No soy un samurai ni un buda. Soy un hombre libre. Nadie me obliga a quedarme más días. ¡Basta!» Eran las dos de la madrugada. Me levanté, me puse los zapatos, salí a la calle, tomé un taxi y le pedí que me llevara a Los Globos, un cabaret de la avenida Insurgentes donde iban a cenar y bailar, después de las representaciones, muchos actores y actrices, aparte de pintores, escritores, cantantes, políticos, traficantes, prostitutas, etc. Animaba el ambiente una orquesta de músicos traída de Puerto Rico. En el instante mismo en que penetré en este antro, se esfumó mi libertad y me sentí como un extraterrestre que, después de atravesar el interespacio, hubiera aterrizado en una cárcel. Vi galeotes bailando, fumando tabaco y yerba, tomando cocaína y pastillas, siendo conscientes de un pequeño trozo de ciudad, de un fragmento mínimo de tiempo, difuntos con máscaras de inmortales y encadenados al ritmo atronador, aceptando el mundo tal como se lo daban a tragar, imitándose y devorándose los unos a los otros, cargando un lastre de límites convertidos en identidad. Bajo ese techo con estalactitas de cemento, ciegos para la danza d e miríadas de estrellas, teniendo como luz una consciencia opaca, y trágicamente solos en medio de la fiesta, lucen orgullosos sus anteojeras, pistolas en lugar de falos frente a bocas y tetas hinchadas, un rebaño de animales dementes con sed de dinero, de poder, de celebridad.

Me acerqué a un portero, le tendí un billete y le pedí que me consiguiera unas tijeras. Con ellas me encerré en el baño y me corté los cabellos. Así rapado, volví al zendó. Ejo Takata no se había movido. Sin desclavar sus ojos del suelo, murmuró lentamente un koan:
-El maestro Umon dijo: «El mundo es tan extenso… ¿Por qué al sonido de la campana eliges
ponerte un traje de monje?».

Me quité los zapatos, los pantalones, la chaqueta y la camisa, descolgué una bata negra, me la
puse y me senté a meditar mientras recitaba la respuesta que había aprendido de memoria:

-Cuando el rey nos reclama, tenemos que ir al instante sin esperar un vehículo. Cuando nuestro
padre nos llama, debemos responder «Sí» sin vacilar.
Mientras repetía estas palabras pensaba con una extraña aceleración que ser libre en un mundo tan extenso no significaba explotar todas las posibilidades de la vida. Mi libertad consistía en ser lo que yo era, y en estos momentos era un monje. Habiendo respondido sin vacilar a mi llamada interior no tenía por qué, en esta sala estrecha, sentirme esclavo del maestro. Ejo murmuró con satisfacción:
-Las ramas de todos los árboles sostienen a la misma luna.
En ese momento, comenzó a diluviar. Las gotas en el techo producían un estruendoso concierto.

Ejo, elevando la voz para lograr hacerse oír, me planteó otro koan:
-El maestro Kyosho pregunta a un monje un día de lluvia: «¿Qué es ese ruido de ahí afuera?». El monje responde: «El sonido de la lluvia». Kyosho comenta: «La gente vive en un gran desorden, se ciega a sí misma persiguiendo los placeres materiales». El monje le dice: «¿Y usted, maestro?». Kyosho le responde: «Puedo casi comprenderme a mí mismo perfectamente». El monje vuelve a preguntar: «¿Qué significa comprenderse perfectamente a uno mismo?». Kyosho afirma: «Estar iluminado es fácil. Explicarlo con palabras, difícil». Según el libro secreto, para resolver este koan el discípulo debe susurrar «Tiit …
Tiiit…», imitando el sonido de la lluvia. ¿Es ésta tu respuesta, imitar el sonido de la lluvia?
No dije nada. Me levanté, salí a la calle y me dejé empapar por el diluvio. Regresé chorreando agua y me senté a meditar como si nada hubiera pasado. Ejo exhaló un murmullo de aprobación, indicando así que aceptaba mi presencia durante las setenta y dos horas que nos quedaban para terminar el rohatsu.

Debido a la falta de sueño y a la fatiga, mi cerebro funcionaba como si estuviese bajo los efectos de na fuerte dosis de droga. La rapidez de mis pensamientos tenía la energía del delirio. Apenas el maestro me propuso el koan, lo comprendí de la misma manera que un explorador que ha marchado entre las altas rocas de un valle lo ve desde las alturas, cuando es raptado por un cóndor. Fui al mismo tiempo Kyosho, el obtuso monje que responde e interroga, y por último el discípulo comprensivo que imita el sonido de la lluvia para resolver el koan. Cuando el maestro pregunta «¿Qué es ese ruido de ahí afuera?» tiende una trampa al monje. Y éste cae en ella al responder «El sonido de la lluvia». Comprendí que no había «afuera» ni «adentro», que Kyosho, al estar iluminado, es decir, en plena realidad, sabía que el monasterio donde meditaban no estaba separado del mundo, siendo el universo entero una unidad. El monje que medita se siente protegido en los límites de un lugar sagrado. Para él, las diez mil cosas del mundo están separadas.

«Afuera» está el ruido «de la lluvia». Para el maestro, ahí mismo llega el ruido del mundo entero, mundo que se prolonga en el infinito y eterno cosmos. Tratando de indicarle esto, le habla de la gente, de los millones de seres que han olvidado la búsqueda espiritual, y le indica que ellos dos están meditando en medio del mundanal ruido. Por eso omite hacer comentarios sobre la lluvia, y de una manera que parece absurda responde «La gente vive en un gran desorden, se ciega a sí misma persiguiendo los placeres materiales». ¿Cómo no iba yo a comprender esta frase si la acababa de verificar en mi visita a Los Globos?

Había creído escaparme de ese frívolo cabaret, creyendo que sumido en el zendó junto a Ejo me separaba de los placeres materiales… Pero Kyosho me revelaba que nadie se escapa de nada. Estábamos en la realidad, desplegando la consciencia en un océano de espíritus dormidos, convirtiéndonos en los ojos de un mundo ciego. Cuando el monje le pregunta «¿Y usted?, maestro» demuestra que aún no comprende.

Vuelve a dividir: por un lado, el mundo materialista; por otro, el maestro, aquel que se ha liberado del deseo.
Kyosho, con toda paciencia, explica: «Puedo casi comprenderme a mí mismo perfectamente». ¿A quién se refiere con este «mí mismo»? ¿A una limitada individualidad? De ninguna manera. Al decir «mí mismo» se refiere a toda la humanidad, al universo entero y a aquello que da vida al universo. Al decir «c así» afirma que para el ser humano, por ser un punto de vista, obligatoriamente subjetivo, no hay perfección. La perfección sólo puede ser divina. El ser humano y también la materia, permanente impermanencia, pueden sólo acercarse a la perfección. El monje, cabezota, vuelve a la carga, tratando de captarlo todo a través del
intelecto, de las palabras, en lugar de sentir… «¿Qué significa comprenderse perfectamente a uno mismo?»

Precisamente comprenderse a uno mismo significa sentirse más allá de las palabras, dejándose caer en el abismo de lo impensable. Kyosho da el espadazo final: «Estar iluminado es fácil. Explicado con palabras, difícil». El «Tiiit… Tiit…» del buen discípulo imitando la lluvia indica que la iluminación, fuera del calabozo intelectual, es un fenómeno natural al que hay que entregarse para que nos empape hasta llegar al corazón.

Continuamos el rohatsu. La temperatura de mi cuerpo, al cabo de dos horas de concentración,
comenzó a aumentar. Mi ropaje, despidiendo un aura de vapor, se fue secando. Con tenaz voluntad traté de impedir que las palabras distrajeran mi mente. Cada vez que estaba a punto de logrado, una tonta confirmación: «Estoy a punto de logrado», me hacía fracasar. Elegí una palabra cualquiera, absurda para esos momentos: «guarisapo», y comencé a repetida mentalmente, una y otra vez, durante un tiempo que se me hizo eterno. Ese vocablo impidió que cualquier otra palabra me invadiera. A las doce de la noche, me dormí repitiéndolo. Y durante los cuarenta minutos de sueño continué aferrándome al «guarisapo» como si fuera una tabla de salvación. Cuando Ejo me despertó, sin esperar a que me sacudiera, me puse de rodillas, crucé mis manos, estiré mi columna vertebral, levanté levemente las comisuras de mis labios y desintegré la palabra «guarisapo», para quedarme por fin con la mente vacía. Fue un momento de paz absoluta, pero por desgracia muy corto. Apenas dejé de emitir pensamientos, mi corazón ocupó el hueco mental con sus latidos. Sentí un tambor resonar en mi pecho, como una lenta inundación comenzaron a latir mis sienes, las yemas de mis dedos, mi sexo, mis pantorrillas, mis encías, mi lengua, mis pies. Todo era invadido por ese reverberante ritmo. Al final no había una sola parte de mi cuerpo que no resonara… Luego se sumó el continuo deslizar de un río: mi sangre circulando. Después se agregó el aire, canturreando desde mis fosas nasales hasta mis pulmones y de mis pulmones a mis fosas. Y por último, el hervidero
incesante de mi aparato digestivo. No sé qué me pasó, quizás fue una alucinación auditiva, el hecho es que, además de mis ruidos corporales, comencé a sentir que todo lo que me rodeaba estaba dotado de sonido.

Vibraban las maderas del suelo, el techo, las paredes, los cojines e incluso la ropa; los diferentes tonos y ritmos se unían formando un coro semejante al de una colmena. La sensación se extendió al exterior, me pareció oír la música de la ciudad, de la tierra, del aire, del cielo. Fue tan colosal mi impresión que comencé a temblar, a punto de desmayarme. Entonces Ejo me gritó:
-¡No te dejes caer! ¡Repite conmigo las cuatro grandes promesas! «A todos los seres conscientes, aunque innumerables… »
-A todos los seres conscientes, aunque innumerables…
-«… prometo salvar. A todas las pasiones, aunque inextinguibles, prometo apagar. Todos los
dharmas … »
-Ejo, ¿qué son los dharmas?
-¡Calla y repite aunque no entiendas! «Todos los dharmas, aunque infinitos, prometo cumplir. Toda la verdad, aunque inconmensurable, prometo alcanzar… »
Repetí todo lo que él decía. Ejo iba recitando las promesas cada vez con mayor intensidad. A pesar de que yo hacía lo mismo, no cesaba de gritarme:
-¡Dilo más fuerte!

Terminé gritando a voz en cuello. Pero él siguió insistiendo. -¡Más fuerte! ¡Más!
Sentí que las cuerdas vocales me iban a estallar. Mis aullidos parecieron vómitos. Continuó
exigiéndome más volumen. Me desesperé. Vociferando enloquecido, presa de un ataque de rabia, le arrojé mi zafu [cojín para meditar] contra su pecho. Ejo no se movió ni se inmutó. Siguió repitiendo las promesas y exigiéndome que las repitiera más alto. Viendo rojo, me lancé hacia él con la intención de arrojarlo al suelo.

No sé si fue otra alucinación o si la fatiga me había debilitado, el hecho es que, a pesar de empujarlo con todas mis fuerzas, no pude moverlo ni un milímetro. Parecía una estatua, de una tonelada de peso, soldada al suelo. Por más que retrocedí y volví a arrojarme contra él varias veces, resistió mis embates impertérrito.
Lancé un último grito, tan fuerte que parte del estuco de una pared cayó. Luego me desplomé, vacío.
Ejo cesó de recitar. Con un palillo de madera golpeó una campanilla.
-¡Por fin! No has gritado sólo con la mitad de tu cerebro, has empleado los dos hemisferios y todastus vísceras. ¡Eso es resolver un koan! Son las doce de la noche. Ha terminado el rohatsu. Puedes dormirhasta mañana.
Como una pluma transparente, me dejé caer en el abismo.
Cuando desperté, los rayos del sol se deslizaban por la ventana. Entró Michiko para traerme una taza de café y unos panecillos. Sonriente, en un español rudimentario, me dijo: -Dormido catorce horas. Bajar usted tomar desayuno. Ejo esperarlo. Van Oaxaca.

Nunca había visto a Ejo sin su traje de monje. Impresionado por ese hábito, no se me había ocurrido pensar en su edad: se me antojaba un ser fuera del tiempo, milenario. Pero ahora, al verlo con unos pantalones vaqueros, una camiseta de manga corta, unas deportivas, cargando una abultada mochila y fumando un cigarrillo, antes de echarme sobre la espalda la otra mochila que me tenía preparada, no resistí las ganas de preguntarle qué edad tenía.

-Nací en 1928, el 24 de marzo -me respondió de inmediato. Este dato me provocó una extraña
sorpresa. El guía espiritual que había elegido sólo tenía un año más que yo. Era un joven y no un viejo, ncomo había imaginado. Así vestido, me parecía un compañero de viaje, un amigo, un igual. Un diablo interior me hizo cambiar de actitud: comencé a hablarle con menos respeto. Ejo pareció no darse cuenta de mi transformación. Cuando me quejé del peso de la mochila, él me
señaló la suya:

-Diez kilos -y a continuación señaló la mÍa-: cinco kilos.
-¿Pero kilos de qué, Ejo?
-De semillas de soja.
-¿Soja? ¿Para qué?
-Vamos a enseñar a los indios a cultivarlas.
-Perderemos el tiempo, sólo les interesa cultivar maíz.
-Eso es lo que los empresarios dicen. Quieren mantener a los indios en la miseria cultivando sólo maíz porque así lo pueden comprar a bajo precio.
-Ejo, no conoces México… Hay costumbres muy antiguas…
-Si quieres recuperar la integridad de tu mente, tienes que desacondicionarla. ¿Ves mi cara? ¿Oyes mi voz?
-Sí.
-¿Tienes consciencia de tus ojos? ¿Tienes consciencia de tus oídos?
-Sí.
-Si tienes consciencia de tus ojos y de tus oídos tal vez estás enfermo… ¿Vienes o no? Las
enfermedades son curables, pero el destino es incurable.

Quedé desconcertado. ¿Trataba de decirme que en mi consciencia no debía formar un concepto de mí mismo? No supe qué responderle. Lo seguí en silencio.
Un taxi nos dejó frente a la estación de trenes. Viajamos hasta Puebla en un vagón de tercera clase, abarrotado por gente que cargaba paquetes, canastos, gallinas, niños, perros. Mientras Ejo sonreía, como si aquello fuera el paraíso, yo procuré dormir. No estaba acostumbrado a tener un contacto tan directo con gente así. Después de dar un par de cabezadas, me sobresaltó un dúo de ciegos que rascando pequeñas guitarras se pusieron a cantar. Ejo me dio un pequeño codazo y, señalándose a él y luego a mí, susurró:
-Cuando un ciego guía a un ciego, los dos se caen al agua. Se puso a reír como un niño. Yo,
malhumorado, me taponé los oídos.

En Puebla nos embarcamos en un destartalado autocar, más lleno aún que el vagón de tercera
clase, y partimos hacia las montañas.
El viaje duraría varias horas. Entre el bullicio de los pasajeros, los ladridos de los perros, el cacareo de las gallinas, el llanto de los niños, el pedorreo del motor, las moscas, el polvo, el calor agobiante, los espesos hedores, era imposible dormir. Hice un esfuerzo titánico y me calmé. Propuse a Ejo aprovechar el tiempo estudiando otro koan, y me dijo:
-El tiempo no es una cosa. Diez mil ríos desembocan en el mar, pero el mar nunca está lleno. Diez mil koans entran en tu mente, pero tú nunca estás satisfecho. Ajusta tu consciencia a l as circunstancias que te presenta la vida. Mira a tu alrededor, mírate a ti mismo y aprovecha.
Viendo mi tenaz aburrimiento, alzó los hombros y dio un suspiro como si yo fuera un caso perdido.

Luego leyó de mala gana:
-«Buda, al nacer, señaló con una mano hacia lo alto y con la otra hacia la tierra. Caminó siete pasos haciendo un círculo, y mirando hacia las cuatro direcciones dijo: “Soy el único que es honrado en y bajo el cielo”. El maestro Ummon comentó: “Si yo hubiera estado ahí, lo habría matado a bastonazos o tirado a los perros para que lo devoraran. Es importante que el mundo esté en paz”. A propósito de esto Ryosaku, otro maestro, dijo: “Ummon cree que uno debe ofrecer su cuerpo y su alma al mundo. Eso se llama rembolsar el favor de Buda”.» ¿Y tú qué dices? Rumié mi repuesta. Antes de que pudiera pronunciar una palabra, el autocar, probablemente a causa de un hoyo en el camino, experimentó un remezón. Un paquete cayó sobre un niño, abriéndole una herida en la frente. Con el rostro bañado en sangre el muchachito se puso a lanzar alaridos. Ejo, tranquilo, se levantó, sacó de su mochila un tubo que contenía arcilla verde en polvo, la vertió en la herida e inmediatamente se formó una costra y la sangre cesó de correr. El niño calló y por las ventanas abiertas penetró el silencio de la cordillera. Como si nada hubiera ocurrido, Takata se sentó otra vez a mi lado. Sentí que las nubes de mi mente se abrían dejando pasar un rayo de luz. Con respeto, como respuesta al koan, murmuré:
-«Es importante que el mundo esté en paz.»

Ejo sonrió, cerró los ojos y se puso a roncar. Tuve vergüenza de mí mismo. Me vi buscando, por falta de un padre cariñoso, gurús, dioses, más allás, toda clase de aspirinas metafísicas. El koan, con toda claridad, en las palabras atribuidas a Ummon, aconsejaba arrancar de cuajo las leyendas, los cuentos de hadas, las admiraciones infantiles, las grandes esperanzas, hijas del miedo a la muerte. Yo no era un pollo quieto en su nido esperando que la pájara me lanzara en el garguero un suculento gusano; correr detrás de un Buda era igual que revolcarse en los excrementos de un perro. Mientras buscara la luz fuera de mí mismo, el mundo nunca estaría en paz. Observé mi cuerpo, invadido por temblores nerviosos, la voracidad de conocer, el deseo de arrancar el secreto a la manada de maestros, en lugar de realizarme recuperando
la autoestima que mi padre, como un competitivo niño, había destruido a base de sarcasmos. Ryosaku afirmaba que todo lo obtenido tenía que ser dado: «Nada para mí que no sea para los otros». Encontrarse a sí mismo es darse en cuerpo y alma al mundo … Es decir, ser parte del mundo, dejar que las cosas fluyan naturalmente, sin vanos esfuerzos, con entrega confiada al presente. Al aceptar como maestro a Ejo Takata, del «yo» había pasado al «tú». Sin embargo viendo a los demás como «ellos», había descartado el «nosotros».
Poniéndome la etiqueta de «artista» convertí a Ejo en una madriguera ideal donde, topo sordo y ciego, me refugiaba del mundo por considerarlo ajeno. Sin embargo, aunque ajeno, era el territorio donde yo iba a robar alimentos, aplausos, amores, premios, diplomas, publicidad. Ni más ni menos que un ladrón parásito… Tomando sin cesar para dar sólo en cambio mis autógrafos, retratos literarios de mi ombligo, y fotografías con máscara de artista, señuelos para atrapar las ballenas de la admiración social… Mientras tanto la miseria, las guerras, las enfermedades, el abuso infantil, las industrias asesinas, la información venenosa, la política corrupta, los banqueros inhumanos… y yo en mi mente-isla, creando un arte bufón, barniz brillante para ocultar la opacidad de otros ladrones como yo. Ladrones apoderándose de la tierra, de la salud de los otros, haciendo del tiempo un caparazón personal, dividiendo el espacio en pequeños cubículos, apenas más grandes que una caseta de perro, donde los ciudadanos, con las paredes encima de los ojos, reciben una obligatoria miopía. Nada es mío, todo es prestado y aquello que no quiero soltar es robado… Llevo una mochila llena de semillas, así es mi mente. Si soy artista, debo sembrar, y si soy maestro debo enseñar a los otros a sembrar, a hacer crecer, a cosechar. Si extirpo mi yo individual del mundo, el mundo se pone en paz. Las cosas dejan de ser como pienso que son, y vuelven a ser lo que en verdad eran.

De Oaxaca, haciendo auto-stop, atravesando interminables plantaciones de maíz, llegamos a Santa María Mixi. Un pequeño conglomerado de casas con tejados de hierba y palma sobre muros de adobes cubiertos con una ligera capa de yeso, con una sola puerta y sin ventanas.
Un grupo de indios, hombres, mujeres y niños, probablemente mixes, olvidados de sus ancestrales costumbres, convertidos en famélicos «campesinos», salieron a recibirnos. Nuestra visita causó sensación: hacía ya mucho tiempo que nadie visitaba estos tristes parajes. Ejo, con una sonrisa amistosa, hizo una respetuosa reverencia. Yo lo imité. Los indios se quitaron sus sombreros de paja. Takata buscó un sitio despejado entre las plantas de maíz, se sentó entrecruzando las piernas, acarició la tierra alejando las piedrecillas y vació de su mochila un montón de semillas de soja. Sobre ese suelo rojizo, esféricas y amarillas como eran, parecían cuentas para collares mágicos. Esto despertó la curiosidad de los mixes. Con su rudimentario español el maestro comenzó a decir cosas que interesaron tanto a estos campesinos que
algunos corrieron a los campos y al poco tiempo volvieron con otros, hasta que se formó un coro de unas cincuenta personas. Para comodidad de Ejo, me convertí en su traductor.
-Potente variedad de soja originaria de Japón: su raíz alcanza un metro de profundidad, resiste
heladas y sequías. Rica en proteínas y aceite, puede sembrarse varias veces al año, en cualquier época. No necesita terrenos ricos, se desarrolla en tierras poco fértiles.

Durante unas tres horas, Ejo fue describiendo la manera de sembrar esa soja, de cultivarla, de
luchar contra las plagas, de cosecharla y de emplearla. Describió cerca de doscientos productos, entre ellos aceite, lecitina, forraje para los animales, queso, granos asados como los cacahuetes, yogur, harina, leche…

Les pidió que trajeran un canasto, donde vaciamos los quince kilos de semillas. Enseguida, dibujando con un palito en el suelo, mostró cómo orientar las casas en relación con el sol, abriendo ventanas y sacando del interior los hornos por causar enfermedades pulmonares. Les mostró cómo construirlos fuera, cómo tejer con hierba sandalias que duraban un día y les enseñó también a fabricar combustible con sus excrementos.
Después les dijo:
-Estos terrenos son suyos, pero el maíz no lo es: lo cultivan para venderlo barato a empresarios que se enriquecen a costa de sus miserias. Si un día los comerciantes dejasen de venir aquí, y compraran en otros países, ustedes morirían de hambre. Ése es el peligro de toda economía que crece sin límites. Sean independientes. No planten para vender, sino para proveer sus propias necesidades. La soja es muchísimo más útil que el maíz. Habíamos llegado a las tres de la tarde. Cuando Ejo terminó su lección, comenzaba a anochecer.

Los mixes, agradecidos, nos trajeron dos botellas de cerveza y un puré de frijoles enrollado en tortillas. A manera de mantel colocaron sobre la tierra un viejo periódico.
Mientras Ejo comía, los campesinos se arrodillaron. Habían comprendido que era un hombre
sagrado. Este silencio religioso fue roto por el ruido de un camión del ejército. Se bajaron diez soldados, encabezados por un civil de unos cuarenta años, panzudo, vestido con un traje a rayas de abulta das hombreras, camisa negra, corbata verde, sombrero con ala, gafas oscuras y un revólver metido en el cinto.

Se presentó a ladridos como Salvador Cepeda, representante del Gobierno de México. Los soldados, a culatazos, espantaron a los campesinos obligándolos a encerrarse en sus casas. Luego apuntaron sus armas hacia nosotros dos mientras el gordo lo hacía con su dedo índice adornado por un grueso anillo de bronce.

-¡Sucios comunistas! ¡Guerrilleros de la gran puta! ¡Les vamos a partir el cráneo, así aprenderán a no soliviantar a nuestros trabajadores! ¡El maíz es lo que cuenta, no esa soja de mierda! ¡Aquí mando yo y puedo matar a quien me dé la gana! ¡Enséñenme sus documentos de identidad! ¡Se me antoja que tendré que fusilarlos, para dar una buena advertencia a los cabrones que los quieran imitar!

Ejo, sin demostrar el menor miedo, manteniendo entrecruzadas sus piernas, escarbó en la mochila y extrajo de ella unos papeles. Recordé que Ejo me había contado que cuando era niño y los americanos bombardeaban Japón, le habían dado la orden de continuar meditando, sin moverse, mientras las bombas caían. Otro niño monje, aterrado, no pudo resistir y huyó corriendo. Una explosión lo mató. Cuando me contó esto dijo: «El miedo es inútil».
El energúmeno leyó con dificultad los documentos.

-Monje ¿qué? ¿Zen? Ministerio de Educación… Embajada de Japón Obispo de Cuernavaca… Son muy buenas recomendaciones, don Rasurado, se nota que no eres guerrillero. Pero tu amigo me parece sospechoso… ¡A ver, cornudo, muéstrame tus papeles!
A pesar de que sabía que estaban vacíos, registré mis bolsillos temblando. No traía nada que
comprobara mi identidad…
-Ajá, con que viajando de incógnito para sublevar a los indios, ¿eh? ¡Si no me muestras un carnet de identidad o un pasaporte ahora mismo, hago que te fusilen!

Me di cuenta de que el panzón hablaba en serio, convencido de que yo era un comunista. Supongo que imaginaba a los comunistas más peligrosos que los alacranes…
-Señor gobernador -le dije tratando de disimular el temblor que me recorría el cuerpo de pies a
cabeza-, soy un artista muy conocido y mi muerte provocará un gran escándalo. No cometa este error…
-¡Puto gusano!, ¿cómo te atreves a decirme que me equivoco? Los comunistas no tienen respeto a nadie. ¿Un artista conocido tú, flaco, sucio y melenudo? Además de cobarde, mentiroso… ¡No mereces vivir!
Sacó su revólver y lo blandió ante mis narices.
-Agradece que traigo el arma descargada, podrías haber muerto como un coyote. Serás fusilado y caerás, aunque no lo merezcas, con dignidad…
Los soldados se dispusieron en hilera apuntándome con sus rifles. Ejo se levantó e intervino:
-Señor gobernador, este joven es mi alumno. Le aseguro que es un director de teatro muy famoso.
-¡Calla, don Chino! ¡Eres monje, y como tal quieres que este ponzoñoso salve la vida! Vuelve a
sentarte y a entrecruzar tus patas… Si intervienes otra vez, consideraré que eres su cómplice y ordenaré que también te fusilen.
Ejo suspiró. Luego me dijo con una piadosa sonrisa:
-La muerte no existe. La vida no existe. Atravesarás el lago del espejo. Te posarás en la llanura de la nada…

-¿Esto es todo lo que me puedes decir? Aquí nadie está jugando. ¡Van a fusilarme! ¡Soy un
intelectual, todavía no he aprendido a morir! ¡Tú que no conoces el miedo, enséñame cómo!
Ejo se sentó en posición de meditación otra vez y con absoluta calma recitó:
-«La verdad nunca se obtiene de nadie. Uno la lleva siempre consigo.»
No podía ser. Estaba sumido en una pesadilla, tenía que despertar. Me bajó de golpe un intenso, inconmensurable amor por la vida. Vibró el rojo de la tierra, el amarillo del maíz, el azul del cielo, la blancura de las nubes, la majestad de las montañas, el calor de mi cuerpo, la diafanidad de mi consciencia, el canto de los pájaros y los olores danzando en el aire, el uniforme de los soldados repetido diez veces como una
frase musical, el brillo de las armas y, sobre todo ello, el amor a mí mismo. Supe por qué Ejo había hablado de un espejo vasto como un lago. Yo era ese inmenso espejo, mi alma tenía raíces en la llanura de la nada…

Un repentino golpe de viento levantó una nube de polvo, interrumpió la orden del panzudo y
desparramó las hojas del viejo periódico. Una de ellas cayó cerca de mÍ. Al ver un retrato estampado ocupando media plana, lancé un grito:
-¡Espera, tengo aquí la prueba de mi identidad!
Recogí el papel y mostré febril la hoja donde yo aparecía junto a la Tigresa. Ambos, en un titular a ocho columnas, anunciábamos nuestra futura boda.
El funcionario se quitó el sombrero, se rascó la cabeza, dio un soplido, lanzó una carcajada y me dio unas palmadas en la espalda.
-¡Vaya, vaya, así que eres tú el que se folla a la ex del presidente? ¿Cómo no me lo dijiste antes, cabrón? Bueno… dejémonos de chistes. Apenas te vi, te reconocí… Quise darte un susto, eso es todo. ¿Te gustó mi broma, verdad?
Falso, le sonreí.
-Tiene usted mucho ingenio, don Salvador. Entonces, ¿podemos irnos?
-Por supuesto, muchacho, pero no volváis nunca más. No vengáis aquí a revolverme el gallinero. En estas tierras, desde hace siglos, sólo se planta maíz… Acepto que no lo supierais… Un error se permite, dos no. Si volvéis, otro gallo puede que cante y su cacareo podría sonar como una descarga de rifle…
Los soldados rociaron con gasolina las semillas de soja y les prendieron fuego. Después subieron al camión. Cepeda nos llamó:
-Vengan con nosotros, los dejaremos cerca de Oaxaca.

Los mixes nos dieron media docena de naranjas y agitaron sus pañuelos rojos, hasta que los
perdimos de vista. En el camino los soldados, entre risas burlonas, nos arrebataron las seis frutas. Me sentí humillado. Más tarde, en el autocar que nos llevaría a tomar el tren en Puebla, a pesar de que la calma silenciosa de Ejo me exasperaba, no pronuncié una sola palabra. Apenas nos encontramos arrinconados en el último asiento del vagón de tercera, no encontrando nada inteligente que decirle pero con ganas de hablar, le pregunté:

-Cuando a pesar de un hecho doloroso no nos surge ningún comentario, ¿dónde está el error?
Ejo se limitó a gruñir señalando el paisaje: -¡La montaña!

Me dio rabia, estaba ya harto de sus japonesadas: a cada emoción, a cada duda, los maestros
respondían «El monte Sumeru», dando a entender que esa masa monolítica no hablaba, no la anegaban sentimientos, no se interrogaba sobre el nacer o el morir, dejaba pasar imperturbable las estaciones, no forzaba la naturaleza, no padecía la dualidad actor-espectador. En resumen, la panacea universal era entrecruzar las piernas y quedarse inmóvil como un cadáver.

Viéndome enrojecer, crispar los labios, golpear con un puño en la palma de la otra mano, respirar abriendo las aletas de la nariz como un toro que quiere embestir, extrajo de su mochila, que yo creía vacía, su abanico blanco y, echándose aire con desgana, me planteó un koan.

-«Las medicinas curan enfermedades. La tierra entera es una medicina. ¿Cuál medicina es tu
verdadero ser?»
Estas palabras cayeron como lluvia sobre un náufrago sediento. De golpe me di cuenta de que
estaba vivo por un tiempo infinitesimalmente pequeño comparado con la eternidad del cosmos. Y que esa vida era un privilegio, un regalo, un milagro. El instante en que yo existía era el mismo instante donde danzaban todos los astros, instante donde lo finito y lo infinito se unían, el aquí y el más allá, el perfume del aire y la memoria anclada en la materia, los dioses inventados y la energía impensable, los sabores y el hambre, las luces y los abismos, los colores y la ceguera, la humilde sensibilidad de mi piel y la ferocidad de los puños. También los campesinos miserables, los soldados, el panzón cretino, los pasajeros con sus bultos gritando como monos, la nube de polvo persiguiendo a la máquina; todo era una medicina si lo
aceptaba tal cual era sin transformado con mi visión: el mundo era lo que era, medicina, y no lo que yo pensaba que era, veneno… Sin embargo, no cesaba de cometer un error: estableciendo una frontera mental entre lo «interno» -mi concepción de mí mismo- y lo «externo» -el mundo sin mí-, vivía como un sujeto ante un objeto. Diciendo «La tierra entera es una medicina» pretendía usar un objeto externo para curar mi yo individual, sin darme cuenta de que al separarme del mundo yo era su enfermedad. «El mundo es la vida y mi ser esencial. Mientras no desintegre la frontera, soy un muerto.»

Cuando llegamos a la capital, Ejo hizo una reverencia y me dijo:
-Yosai, el monje que fundó el monasterio Shofukuji donde pasé mi juventud, era un hombre simple que decía: «No tengo las virtudes de un bodhisatva antiguo, pero para propagar el zen es inútil realizar milagros o prodigios». Cierta vez un campesino pobre vino a implorarle: «Mi mujer, mis hijos y yo estamos a punto a morir de hambre. Socórranos por piedad… ». En esos años, en el monasterio de Yosai no había ropas, ni alimentos, ni objetos preciosos. Sin embargo el monje encontró un pedazo de cobre que debía servir para fabricar los rayos de la aureola de una estatua de Buda. Yosai se lo dio al campesino diciendo:

«Cambia este trozo de metal por alimentos y calma tu hambre». Cuando sus discípulos se quejaron por haber permitido que se le diera un uso personal a un material destinado al Buda, lo cual era un pecado, Yosai respondió: «El Buda ofrecería a los seres hambrientos su carne y sus miembros. Incluso si yo hubi era dado la estatua entera del Buda a ese campesino, muriéndose de hambre ante mis ojos, no habría traicionado las enseñanzas de Buda. Y si a causa de actos semejantes yo debiera padecer un destino aciago, aun así socorrería a los seres hambrientos». ¿Comprendes? México no necesita de un zen para intelectuales. Voy a guardar mi kyosaku. Se acabó el zendó.

Lo vi alejarse con largos y enérgicos pasos, dejando entre nosotros una profunda grieta. Al
rememorar esta escena pienso en una frase de la novela 953 de Silver Kane, colección Bravo Oeste:

«Montado en un caballo negro que parecía llevar luto por su dueño, se perdió entre las sombras». Por razones de seguridad abandoné México. Muy pocas noticias me llegaron a Francia del maestro, pero supe que tras abandonar su traje de monje cambió de domicilio y abrió en la avenida Insurgentes una escuela de acupuntura, el .M.A.R.A.C. [Instituto Mexicano de Acupuntura Ryodoraku, Asociación Civil], ya que en 1975 el director de investigación Ryodoraku de Tokio lo nombró profesor de electro acupuntura Ryodoraku en México. Allí atendía pacientes, daba cursos de acupuntura y empleaba un aparato japonés denominado
Tormeter. Éste servía para medir y estimular los puntos de acupuntura, y evitaba al paciente tener clavadas las agujas en su cuerpo durante los veinte minutos habituales, pues gracias a las descargas eléctricas que el aparato enviaba, bastaba con aplicado en los centros nerviosos sólo unos segundos. Muchos enfermos solicitaron a Ejo ser tratados y también un respetable grupo de alumnos se interesó por aprender la técnica.

Ejo ofrecía gratuitamente sus enseñanzas, vestido con una bata de enfermero. La sociedad funcionó bien hasta que los profesores de la Facultad de Medicina, viendo que algunos epilépticos habían sido curados en pocas sesiones, acusaron a Ejo de estar utilizando medicamentos ilegales. Entonces, Ejo cesó toda actividad terapéutica, llenó su camioneta con sacos de semillas de soja y se fue a vivir entre los indios a la sierra tarahumara. Durante muchos años nadie volvió a verlo.

El Maestro Y las Magas
Alejandro Jodorowsky

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