IX El Ermitaño

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El Ermitano
El ErmitañoPainted by: Roberto Arenas
 

No me digo inútil, no me digo parásito, no me digo intruso, alzo mi lámpara en medio de la locura y la ignorancia. Semejante a una luciérnaga mi resplandor es un llamado. La conciencia no me sirve, es un ojo que flota en la nada. Indiferente el mundo me expulsa hacia un futuro múltiple donde el azar me otorga uno de sus innumerables caminos, anillo absurdo que otorga como final el regreso al origen.

¿Si el creador se traga a su obra para qué entonces pare? No voy, me llevan. No hago, me sucede. No elijo, me imponen. No hablo, como un río indolente las palabras fluyen de mi boca: no son mías, el tiempo las produce. Y este amor, este deseo, este doloroso palpitar obedece a planes de un señor invisible. ¿Por qué sabiendo que soy una ausencia me permito sufrir por Tu ausencia? ¿Acaso eres Tú el verdadero ser y yo una sombre? ¿Sin ti, a dónde va la mirada? Mi vejez es la del mundo. Sólo Tú permaneces incambiado. Aquella lámpara que alzo es el resplandor del alma.

Cada cual destruye las ruinas del lenguaje a su manera, veneno que se infiltra en la carne y en la sangre para transformarnos en trajes hechos de palabras, pájaros sin patas ni raíces, espuma que brilla en el estallido del segundo para no dejar huella. ¿Qué resta de nosotros sino un ataúd lleno de frases?

Conceptos que disfrazan la angustia gutural del mudo que no ha encontrado la forma de emerger rompiendo el hueso testarudo de su frente para ser un ángel cascabel sembrando sólo música, alzando una linterna que nutre su luz de las entrañas.

Ir avanzando cual estopa inflamada por el cruce de incontables destinos, larva que se esfuma admirando la hermosura del mínimo detalle, canto moribundo de un piélago de instantes, ave que ha perdido todas sus plumas, ánima que se deshace en lluvia, carne que se disgrega, sangre convertida en cruz, pensamientos que vagan como aromas, memoria que es melodía ambigua, conjunto de ondas circulares entrando en la frontera que nos separa del vacío, conciencia impersonal que es el carbón del fuego que da vida a mi lámpara.

Que no se me pida la verdad, que se clave en mis pies y mis manos la terrible belleza, la incisiva soledad hija del resplandor perecedero, invisible diamante que nos fascina solamente por sus brillos, felicidad fugaz que da sabor al ojo eterno, luz castrada de esperanzas que se vierte en la obscuridad de la infinita catacumba.

Obscuridad fluida que se hace letras y números, creando, preservando, transformando, sin buscar futuros horizontes.

Caminando hacia dentro vuelvo a mi propia fuente. Aprendiendo a callar encuentro en mí mismo lo que ha sido olvidado. Más profundo que el abismo secreto que se abre en el fondo del último averno, más discreto que el manto de tierra que cubre al pan caído, más prudente que los pasos de un felino negro, más generoso que un rey vestido de mendigo, más verdadero que los huesos de un profeta, paradoja de la totalidad, testigo errante, amortajada en mi espalda viaja la muerte.

El mundo entero es un conjunto de nubes. Ni la gloria ni el poder logran atarme. Sólo me pueden robar lo que no es mío. Más nada tengo: tú eres todo lo que yo soy. Y unidos somos la soledad de Dios.

Dejar lo seguro por lo incierto, sembrar mi silencio en los cuatro rincones del mundo, encender una luz en el corazón de la sombra, subir de la presa al alma hasta que mi fervorosa carne caiga en pétalos y que tan sólo mi lámpara, estrella interior, centro ardiente de la esfera negra, sobreviva.

Alejandro Jodorowsky
Arcano IX El Ermitaño

Yo, El Tarot

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