Temblor En Dios

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Alexander Anufriev
Illustration by: Alexander Anufriev
 
Alejandro Jodorowsky: Para quienes aman la poesía.
En 1948 conocí al poeta Enrique Lihn. Tanto él como yo teníamos 19 años. Él estaba escribiendo su primer libro “Nada se escurre”. Lo publicó en 1950, regaló toda esa primera edición, nunca más dejó que se volviera imprimir, y lo olvidó. Sin embargo hay en Nada Se Escurre poemas geniales. Lihn, con una valentía extraordinaria para un poeta de 19 años, en su poema “Temblor en Dios” osa proponerse este tema: “¿Si yo fuera Dios, qué le diría a Enrique LIhn?”. Un tema lleno de trampas teológicas, románticas, egomaníacas. Enrique Lihn con una elegancia suprema, supera todas estas barreras.

Aquí tienes unos versos -extrañamente despreciados por su creador- que revelan el talento genuino del que fuera mi mejor amigo.

Pierdes el color cuando me sigues,
pierdes su movimiento, la natural agilidad
entre las redes del oído abstracto,
oh joven, permanece:
porque yo soy la luz de la razón
y entre tantas consecuencias de mí
me adelgazo e irrumpo, continúo;
y lo que no es perecedero es adorado
por la mirada de oro.

Bajo los arcos de la noche, entre
aparentes fuegos yo me sitúo en
medio de las cosas solemnes.
Ahora, sin embargo, de algún modo
tenías que subir desde la altura
que se cimbra entre el aire negado
por la gracia del huevo sumergido
hasta tocar mis armas, enemigo,
¿por qué te hice yo si no fueron los ángeles?

— 42 —
Estoy condenado a vigilar mis turbadoras decisiones;
creí poder beber eternamente de mis senos,
pero llegó la hora en que ellos
me empujaron al borde de la sed,
animales hostiles rompieron
su encantado equilibrio,
al mismo tiempo que mi boca palpaba
la humedad naciente.

Y ellos eran de diversa substancia,
tuvieron la llave de mi rostro y le extrajeron
ciertos gestos apenas coronados por mi inmovilidad.
Hijos demasiado sombríos,
me aportan y les debo una respuesta
a sus deseos o una piedra sensible
para llenar la oquedad de sus muertos.

Los muertos, sin los muertos,
la luz de mi descuido sólo se hubiese abierto a mí,
apartando sus ojos;
ciego querría verte bajo los puentes soñolientos,
entrando a los salones cuyos ecos
despertarían tu perdida dulzura.

¿Por qué te atrajo ese aire que había de venir?
Contemplabas el paso de tu respiración,
advertías los pies antes que señalaran
sobre la tierra la dirección de tus deseos.

Y ahora me sigues abordando mi infierno,
entre las sacudidas de sus remos no retrocederías
aunque un traje de incienso te esperara;
tirantes ausencias te aproximan a mí
y el placer despedido más y más te resbala
lejos de la ciudad en que dormías, niño.
Oh, si alguna mujer te despertase
de ese sueño tirante que aplica
a tus deseos soplos de esperanzada eternidad;
yo la celebraría en su carne madura
nunca desmoronada por la luz de la espiga
siempre estimada por el pan que la dora.

Pero ya has penetrado y eres rey
de tus desmayos que llaman al amor,
avaro de tan suaves imanes,
¿quién se te acercaría,
quién pondría las manos sobre las ascuas
de tus sienes cayendo en un vacío
donde los besos no murmuran?
Soy el único anillo que teme a tu llegada.
Hijo mío, ¿por qué mi filo es débil
para el tajo que yo siento seguro?

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